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Comentario del libro "El Perfume" de Patrick Süskind


Autora: Roldán Jimenez, Mª Isabel
Centro: I.E.S. Guadaljaire (Málaga).


Durante milenios la gente se había contentado con incienso, mirra, aceites y hierbas aromáticas, en el s. XVII una italiano llamado Frangipani descubrió que las sustancias aromáticas eran solubles en alcohol. Al mezclar sus polvos odoríferos con alcohol convirtió su aroma en un líquido volátil, liberó el perfume de la materia, creándolo. Los hombres aprendieron a condensar en tinturas las esencias de flores y plantas, maderas, resinas y secreciones animales y a conservarlas en frascos.

 

Más tarde aprendieron a destilar con retortas y alambiques, mediante el vapor de agua, condensando el principio aromático de hierbas, flores y maderas en forma de aceite volátil, o a obtenerlo separándolo de semillas, huesos y cáscaras con prensas de roble o a desprender los pétalos con grasas cuidadosamente filtradas. No sólo había que saber destilar , sino ser al mismo tiempo experto en pomadas, boticario, alquimista y artesano, comerciante , humanista y jardinero. Era preciso saber distinguir entre la grasa de riñones y el sebo de temera; entre una violeta Victoria y una de Parma. Se debía dominar la lengua latina y saber cuando se cosecha el hellotropo y cuándo florece el pelargonio y que la flor de jazmín pierde su aroma a la salida del sol.

Los métodos que se usaban en el s. XVIII eran: La maceración, el prensado, el destilado, el enfleurage a chaud, el enfleurage a froid, el enfleurage a I'huile (enfleurage: el perfumado ;al calor, al frío, al aceite). Estos últimos eran en muchos aspectos superiores a la destilación y se empleaban para extraer las fragancias más delicadas de todas: la del jazmín, la de las rosas y la del azahar.

Para hacer la maceración en una gran caldera se cocía sebo de cerdo y vaca que se debía remover sin interrupción con una espátula de mango largo, en ella se echaban las flores frescas. Cuantas más flores más intensa era la fragancia de la grasa. Así la grasa se apropiaba del perfume de las flores. Esta grasa se vertía en un cedazo para eliminar las flores muertas y poder añadir más flores. Los restos ser hervían en agua y se pasaban por una prensa de tomillo para extraerles las últimas gotas que todavía daban una aceite ligeramente perfumado. El grueso del perfume, el alma, permanecía conservado en la grasa de tono blanco grisáceo, que se solidificaba poco a poco.

Esta grasa una vez saturada, se vertía en recipientes de loza donde se endurecía convirtiéndose en una pomada de maravilloso perfume. Esta pomada se podía conservar mucho tiempo en un lugar fresco.

Cuando el mercado de las pomadas estaba saturado lavaban la producción para hacer essence absolue (esencia pura de las flores), se calentaba, la pomada de la maceración, con el máximo cuidado en ollas cerradas, se le añadía el mejor alcohol y se mezclaba a fondo por medio de un agitador. Esta mezcla se enfriaba rápidamente y el alcohol se separaba de la grasa sólida de la pomada y podía verterse en una botella., ahora constituía casi un perfume pues poseía una enorme intensidad, mientras que la pomada había perdido la mayor parte de su aroma.

 

Después de un minucioso filtrado a través de gasas que impedía el más mínimo paso a la más diminuta partícula de grasa se llenaba un pequeño alambique con el alcohol perfumado y se destilaba a fuego muy lento, lo que queda en la cucúrbita era una minúscula cantidad de líquido apenas coloreado, la esencia pura de flores, su perfume absoluto, concentrado. Esa esencia ya no tenla un olor agradable, su intensidad era casi dolorosa, agresiva y cáustica. Bastaba una gota diluida en un litro de alcohol para devolverle la vida y la fragancia de todo un campo de flores.

 

El resultado era terriblemente exiguo , del perfume de cien mil capullos sólo quedaban unos pequeños frascos que se cerraban con tapones de cristal esmerilado, a fin de evitar que se evaporase algo de su valioso contenido. Se sellaban los tapones con cera líquida y se envolvían en una vejiga natatoria que se sujetaba fuertemente al cuello del frasco con un cordel, a continuación se guardaba en una caja forrada de algodón.

Cuando había gran cantidad de romero, salvia, menta fresca o semillas de anís, o grandes partidas de lirio, raíces de valeriana, comino, nuez moscada, o claveles secos los destilaban. La destilación no es más que un procedimiento para separar las partes volátiles y menos volátiles de las sustancias mezcladas y que sólo era útil para la perfumería en la medida que aislaba el aceite etéreo y volátil de ciertas plantas de los restos parcial o totalmente inodoros. En el caso de sustancias carentes de este aceite volátil la destilación no tiene, naturalmente, ningún sentido.

 

Eso, que está muy claro en la actualidad con la conocimientos de física, en aquel tiempo se aprendía a través de una larga y ardua cadena de intentos fallidos) con un gran alambique, una caldera de cobre con una tapa hermética llamada montera, colocaban ésta caldera de cobre, con unos dedos de agua en un horno de ladrillo. Echaban dentro trozos de plantas desmenuzadas, se tapaba con la montera de doble grosor y se conectaban a ella 2 tubos para la entrada y salida del agua., esto servia para su refrigeración, puesto que el calor del fuego ejercía una influencia decisiva sobre la calidad del producto destilado.

 

Cada planta, cada flor, cada madera y cada fruto oleaginoso requería un tratamiento especial. Unas veces era necesario provocar mucho vapor, otras acelerar la cocción y muchas flores daban mejor resultado si exudaban con la llama muy baja.

La preparación era de suma importancia. La menta y el espliego podían destilarse en ramitos enteros, mientras otras necesitaban ser picadas finamente, troceadas, trituradas, raspadas, machacadas e incluso maceradas antes de añadirse a la caldera de cobre. Otras plantas no se dejaban destilar.

El enfleurage en froid (el perfumado en frío) superaba la de cualquier otro producto del arte perfumístico en delicadeza y fidelidad al original. Los jazmines y los nardos son tan exquisitos y frágiles que no sólo tenían que cogerse los capullos antes de la salida del sol, sino que requerían una elaboración muy especial y delicada.

El calor mermaba su fragancia, el baño repentino en la grasa caliente de la maceración la habría destruido completamente.


Se esparcían en una sala especial para el perfumado, sobre placas untadas de grasa fría (las grasas más apropiadas se compraban en el matadero, había que limpiarlas, derretirlas, filtrarlas y determinar la proporción en que debían ser mezcladas, un trabajo sumamente dificil, ya que una grasa impura, rancia o con demasiado olor a cerdo, camero o vaca podía estropear la pomada más valiosa.

 

Estas placas había que colocarlas a una distancia determinada en la sala de perfumado, tenían un momento determinado para el cambio de flores y para el grado de saturación de la pomada), o se tapaban con paños empapados en aceite. Al cabo de 3 o 4 días ya estaban marchitas del todo, después de traspasar su perfume a la grasa y al aceite. Entonces se quitaban con cuidado las muertas y se esparcían flores frescas. Este proceso se repetía 10 e incluso 20 veces, cuando la pomada había absorbido toda la fragancia y los paños podían escurrirse para obtener el aceite perfumado.

 

El resultado era todavía más exiguo que el de la maceración, en cambio, la calidad de la pasta del Huile Antique de Tubéreuse obtenido mediante el enfleurage enfrio superaba la de cualquier otro producto perfumístico en delicadez y fidelidad al original. Este era el medio más refinado y efectivo de capturar fragancias delicadas.

Para hacer el alcohol destilaban y rectificaban el vino y de las aceitunas extraían el aceite virgen.

COMENTARIO

Una narración ágil, entre la narrativa y la novela de suspense, que manipula al lector hasta llevarlo a un final sorprendente.

 

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